lunes, 10 de enero de 2011

Mañana de verano

Me vendaste los ojos y me metiste en la minivan, el trayecto fue bastante largo, oscuro y silencioso. Recuerdo tus manos suaves frotando mis labios y mi cuello mientras conducíamos si articular palabra alguna.
La brisa helada de aquel invierno incesaba por la ventanilla pero tu calor corporal era suficiente para acabar con aquel estremecedor frío que recorría mi ser.
Detuviste el carro, me besaste apasionadamente y luego te bajaste dejándome solo a mí y a aquel silencio perpetuo que reinaba en aquel lugar.
Pase un largo tiempo a ciegas allí dentro esperando a que volvieras. Finalmente decidí quitarme las vendas de mis ojos para encontrarme con un hermoso atardecer el cual contemplabas desde la orilla de aquel lago en que nos conocimos aquel verano.
Tomé una frazada que yacía bajo mi asiento y  nos a cobijamos observando como el sol se ocultaba muy lentamente tras una colinas en el horizonte. Tomaste mi rostro con ambas manos, me miraste fijamente y dejaste caer una lágrima por tu pálida mejilla
- ¿Que te sucede?, ¿porqué lloras?, sabes que odio verte triste – dije mientras secaba sus lagrimas con mi boca.
- Estoy embarazada – me dijo sollozando.
Al ver mi rostro estupefacto, ella se levanto bruscamente y se dirigió hacia la minivan. La tomé del brazo y entre lágrimas dije
 – Es la mejor noticia que me han dado en toda mi vida, ¡voy a ser papá!
 Me sonrió y nuestros labios se entrelazaron liberando un magnetismo inexplicable.
La noche cayo y el día nos encontró al igual que aquella mañana de verano, juntos, los dos, en la orilla del río dándonos calor el uno al otro. 

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lunes, 10 de enero de 2011

Mañana de verano

Me vendaste los ojos y me metiste en la minivan, el trayecto fue bastante largo, oscuro y silencioso. Recuerdo tus manos suaves frotando mis labios y mi cuello mientras conducíamos si articular palabra alguna.
La brisa helada de aquel invierno incesaba por la ventanilla pero tu calor corporal era suficiente para acabar con aquel estremecedor frío que recorría mi ser.
Detuviste el carro, me besaste apasionadamente y luego te bajaste dejándome solo a mí y a aquel silencio perpetuo que reinaba en aquel lugar.
Pase un largo tiempo a ciegas allí dentro esperando a que volvieras. Finalmente decidí quitarme las vendas de mis ojos para encontrarme con un hermoso atardecer el cual contemplabas desde la orilla de aquel lago en que nos conocimos aquel verano.
Tomé una frazada que yacía bajo mi asiento y  nos a cobijamos observando como el sol se ocultaba muy lentamente tras una colinas en el horizonte. Tomaste mi rostro con ambas manos, me miraste fijamente y dejaste caer una lágrima por tu pálida mejilla
- ¿Que te sucede?, ¿porqué lloras?, sabes que odio verte triste – dije mientras secaba sus lagrimas con mi boca.
- Estoy embarazada – me dijo sollozando.
Al ver mi rostro estupefacto, ella se levanto bruscamente y se dirigió hacia la minivan. La tomé del brazo y entre lágrimas dije
 – Es la mejor noticia que me han dado en toda mi vida, ¡voy a ser papá!
 Me sonrió y nuestros labios se entrelazaron liberando un magnetismo inexplicable.
La noche cayo y el día nos encontró al igual que aquella mañana de verano, juntos, los dos, en la orilla del río dándonos calor el uno al otro. 

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